En los zapatos de otro [Opinión]

En los zapatos de otro [Opinión]

El comunicador social locuaz tuvo buena aceptación en la comunidad, y denunció ante los oyentes opiniones y ofensas públicas, muchas sostenidas sobre la base de la credibilidad. La propia í‰l señalaba la objetividad de la libertad de expresar y difundir el pensamiento, de informar y recibir información veraz e imparcial, en el contexto de la responsabilidad social, es decir, también garantizaba el derecho a la rectificación y estaba excluida de la censura. En ese escenario comentó y reveló al aire lo que perseguía y pensaba.

Pero las cobas de sus oyentes no satisfacían al comunicador, acosándose con su propio nombre, la autoestima del funcionario estereotipado, que aunque no era el personaje corrupto, tampoco era el más diligente, hasta el punto de ponerlo bajo la óptica de la intimidación. Con la aquiescencia del nutrido auditorio, trasladaron el desprecio al plan personal y familiar del alicaído burócrata. En cualquier lugar social es excluida y herida por la conducta endilgada, pero ni probada ni juzgada.

Quizás lo que el comunicador proponía no era trascendental para el normal desarrollo de la gran mayoría, pero para esta persona, socavada por el rechazo, se trataba de vivir o sucumbir a la aflicción moral, psíquica y física que estigmatizaba la angustia familiar, ante el deshonor publicado sin más consideración, que crear en la comunidad un muro de vergüenza, exponer incluso las intimidades del escribano, para hacer que se vea obligado a su infortunio social, y al mismo tiempo mantener un excelente nivel de rating o descuello colectivo.

En la práctica, llevó al empleado avergonzado a tomar la firme determinación de poner fin a sus quejas y a afirmar su condición humana con dignidad y respeto. Así que fue insensiblemente a la reunión fuera de la estación, y cuando estaba frente a él, estaba muy decidido: Vengo a matarte para que no sigas lastimando a otras personas y familias, nunca más lo harás conmigo y mañana no lo extenderás a otros, asumo mi responsabilidad y ante la ley repararé la vida que te voy a quitar.

Las súplicas del causante del daño no fueron suficientes, y sin posibilidad de escapar, recibió los impactos que su vida tuvo.

Todo lo que queda por hacer es reflexionar:

¿Hasta dónde podemos llegar con la libertad de expresión y su resonancia en los medios de comunicación?

¿El derecho a defender la dignidad humana permite la violación irremediable del bien jurídico de la vida?

Si se denuncia la corrupción, ¿se expone la vida del informante?

¿Qué pasó con las enseñanzas sobre el ejercicio de la tolerancia desde la primera escuela en casa?

¿Quizás ser tolerante es apoyar con la cabeza doblada los insultos o desacuerdos de los demás?

¿Qué grado de responsabilidad tiene la sociedad para promover la afrenta para satisfacer sus pasiones?

¿Quién es el irresponsable, el delincuente, el ofendido, la sociedad o los medios de comunicación?

¿Podría uno haber intentado perdonar y renunciar a exigir justicia y proscribir derechos?

¿Se puede excusar la liberación emocional y minimizar el desarrollo individual y colectivo de otros ideales y valores?

No se trata de justificar la actitud de uno u otro participante, de este desafuero narrado a partir de lo sucedido, ni de promover la creación de una nueva sociedad, bajo otros principios y valores, sino de promover la importancia de reinsertar las virtudes morales en cada una de las acciones en comunidad, el respeto entre ellas y establecer que siempre sea cual sea el resultado que se busque o se encuentre, es imperativo ponerse en primer lugar en el lugar de los demás.

Alfonso Suárez

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